Rastrillador de lino

El rastrillador de lino, o uñero, era en Córdoba el artesano que peinaba el lino en rama con un rastrillo de púas para separar la fibra buena de la estopa, el primer paso de una cadena que seguía con el hilado, el torcido y el tinte del hilo y acababa en el telar. Fue, hasta mediados del siglo XIX, una de las grandes industrias populares de la ciudad: «una industria de grandísima importancia, que mantenía á millares de personas dedicadas al hilado». La competencia de la hilaza hecha a máquina acabó con ella.[1]
Un oficio, dos mundos
El cronista Teodomiro Ramírez de Arellano describe la industria al pasar por la calle de las Parras, en el barrio de San Andrés:
- «El rastrillado del lino y torcido y tinte del hilo, era en Córdoba una industria de grandísima importancia, que mantenía á millares de personas dedicadas al hilado, tomando en las tiendas las libras de lino en rama, que cambiaban por otras, percibiendo en el acto la cantidad señalada, segun el grueso de la hebra. Almacén había de estos, que los dias del cambio ó de entrega de lo hilado, reunia en la puerta trescientas ó cuatrocientas mugeres, que se mantenian con aquel trabajo.»[1]
En ese pasaje conviven dos maneras de trabajar que conviene no confundir:
- El rastrillado, el torcido y el tejido eran oficios agremiados, con maestros, oficiales y aprendices, sujetos a ordenanzas y con taller.
- El hilado era trabajo a domicilio de mujeres, fuera del gremio: tomaban en la tienda las libras de lino en rama, lo hilaban en casa y lo devolvían, cobrando en el acto y a destajo según el grueso de la hebra, no por las horas.
Las trescientas o cuatrocientas mujeres de la puerta del almacén eran, por tanto, hilanderas, no rastrilladoras.
Las cifras de 1775
En otro paseo, al lamentar las industrias perdidas de la ciudad, Ramírez de Arellano copia las cifras de un resumen de artes y oficios hecho en 1775:[2]
| Oficio | Maestros | Oficiales | Aprendices |
|---|---|---|---|
| Uñeros o rastrilladores | 31 | 60 | 37 |
| Torcedores de hilo | 12 | 9 | — |
| Tejedores de lienzo | 52 | 11 | — |
A esa cuenta añade los telares de cinta, que «entre todas clases llegaban á seiscientos treinta y cuatro», y advierte que no es posible fijar «el considerable número de mugeres dedicadas al hilado, pues habia tienda en que cambiaban mas de trescientas». Las hilanderas, que eran la mayoría de la gente que vivía del lino, no aparecen en las cifras del resumen.[2]
El gremio de uñeros
Los rastrilladores tenían ordenanzas aprobadas por el Supremo Consejo de Castilla en 1728 y reformadas el 17 de abril de 1776.[1]

El hospital del gremio
El gremio era dueño de un hospital, el de Nuestra Señora de las Nieves y Santo Domingo de Silos, en la última casa de la calle de las Parras, «esquina para volver á la Beatilla», cerca del arranque de la calle de Ocaña. Allí «acogían á sus operarios enfermos, y en los últimos tiempos solían dar habitacion á sus huérfanos y viudas».[1] Un oficio de taller pequeño sostenía así una red de previsión propia frente a la enfermedad, la orfandad y la viudedad.
El final
La mecanización acabó con la industria, y el cronista lo cuenta con nostalgia técnica:
- «La construccion de máquinas, con lo que en otros puntos se ha abaratado la hilaza, ha perdido casi por completo esta industria de los cordobeses, que echaban sus telas, mas bastas, pero mucho mas duraderas que las que actualmente se gastan.»[1]
Cuando escribe, entre 1873 y 1877, ya habla en pasado: «casi hasta nuestros dias hemos visto» a los trabajadores del lino en la calle de Lineros. A mediados del siglo XIX el oficio estaba desapareciendo. En el censo municipal de 1908, en la calleja de Gragea, que sale de Lineros, ninguno de los vecinos trabaja el lino,[3] y en los diecisiete cuadernos del censo electoral de la capital de 1907 a 1923 las palabras rastrillador e hilador no aparecen ni una vez.[4] Ya en los años setenta del XIX el cronista situaba en el barrio de San Nicolás de la Ajerquía a la mayor parte de los plateros de la ciudad.
La huella en el callejero
El oficio dejó nombre. La calle de Lineros, en la Ajerquía, lo lleva en el título, y el cronista escribió que «pocos títulos hay en Córdoba tan justificados»: «casi hasta nuestros dias hemos visto ocupadas sus casas por los trabajadores del lino, tanto en su rastrillado como en las demás faenas necesarias, y muchos eran también los almacenes á donde acudían las mujeres al cambio de las libras hiladas por otras en rama».[5] De Lineros salía la calleja de Gragea, en la feligresía de la parroquia de la Ajerquía.
Y una vez mató
Según la tradición que recoge el mismo cronista, la fiebre amarilla de 1804 entró en Córdoba con «una gran porción de arrobas de lino sin haberlo fumigado», descargada en un establecimiento de la calle de las Almonas. Murieron mil quinientas personas en poco más de dos meses.[6] El material que daba de comer a medio barrio quedó señalado como el que lo había enfermado.
Véase también
- La industria del lino en Córdoba
- Platero de Córdoba
- Calle Gragea (Córdoba)
- Hospital de San Andrés (Córdoba)
- Fiebre amarilla de Córdoba de 1804
Referencias
- ↑ 1,0 1,1 1,2 1,3 1,4 Teodomiro Ramírez de Arellano, Paseos por Córdoba, o sean apuntes para su historia, 1873-1877, paseo del barrio de San Andrés, calle de las Parras. Edición anotada de la Red Municipal de Bibliotecas de Córdoba, 2017.
- ↑ 2,0 2,1 Teodomiro Ramírez de Arellano, Paseos por Córdoba, 1873-1877, paseo del barrio de San Pedro.
- ↑ Censo municipal de Córdoba de 1908, calle Gragea, folio 25. Archivo Municipal de Córdoba.
- ↑ Censo Electoral de Córdoba capital, 1907-1923, diecisiete cuadernos, columna de profesión: recuento propio sobre 234.029 líneas de su capa de texto.
- ↑ Teodomiro Ramírez de Arellano, Paseos por Córdoba, 1873-1877, paseo de los barrios de los Santos Nicolás y Eulogio de la Ajerquía, calle de Lineros.
- ↑ Teodomiro Ramírez de Arellano, Paseos por Córdoba, 1873-1877, paseo del barrio de San Andrés, a propósito de la fiebre amarilla de 1804 y la calle de las Almonas.