Ir al contenido

Fiebre amarilla de Córdoba de 1804

Historia local y familiar documentada
«Gutiérrez de los Ríos», el nombre que llevaba a principios del siglo XX la antigua calle de las Almonas, en el índice de calles del plano de Fernández Fenoy
«Gutiérrez de los Ríos», el nombre que llevaba a principios del siglo XX la antigua calle de las Almonas, en el índice de calles del plano de A. Fernández Fenoy.

La fiebre amarilla de Córdoba de 1804 fue el brote epidémico que causó unas mil quinientas defunciones en la ciudad en poco más de dos meses, entre septiembre y noviembre de aquel año. Según la tradición recogida por Teodomiro Ramírez de Arellano, entró por un cargamento de lino sin fumigar descargado en un establecimiento de la calle de las Almonas, en el barrio de San Andrés. La ciudad respondió tapiando las salidas de las calles afectadas y abriendo cementerios en descampado.

Las precauciones previas

Al llegar a Córdoba la noticia de que la fiebre se había presentado en puntos del litoral, se adoptaron medidas de cordón sanitario:[1]

  • Se cerraron las puertas de la ciudad —entre ellas la Puerta de Colodro— salvo las del Puente, el Rincón y la Nueva.
  • En cada una de las tres abiertas se situó una comisión de dos personas de confianza, un médico que reconociera a los viajeros y un escribano para levantar acta de lo ocurrido cada día.
  • Los viajeros procedentes de puntos invadidos o sospechosos eran conducidos a los lazaretos; los equipajes, o no entraban, o se fumigaban.
  • Como la correspondencia no podía retenerse, «se estableció una oficina en el Aguadillo, donde se recogían y daban las valijas, fumigando las que debían entrar en la población o seguir su marcha a otros puntos».

Los lazaretos se repartieron por los conventos: la Merced y San Juan de Dios para sanos; la Arrizafa, la Victoria, San Cayetano, Madre de Dios y el Carmen Calzado para enfermos. Un bando posterior del corregidor D. Agustín Guajardo Fajardo y Contreras, que Ramírez de Arellano dice haber visto impreso, reorganizó el reparto, señalando «para los enfermos del contagio la huerta del Duende, para los de otras dolencias la de los Teatinos, y para sanos el convento de Scala-Coeli».[1]

La entrada: un cargamento de lino

La calle de las Almonas tenía fama de ser la puerta de las epidemias: «Los vecinos de la calle de Almonas han sido muy castigados en todas las epidemias que han invadido a Córdoba, y cuyos primeros casos han sido casi siempre en este sitio, como sucedió en el año de 1804, con la fiebre amarilla».[1]

La explicación que circulaba señalaba al lino, que era entonces la gran industria popular de la ciudad:

«Dícese que a un establecimiento de la calle de Almonas llevaron una gran porción de arrobas de lino sin haberlo fumigado y que, ya sea porque en éste viniesen ciertos miasmas, o por otras causas, el cuatro de septiembre se dieron los primeros casos, aumentándose en tal manera que en uno o dos días murieron muchos de aquellos vecinos, así como de las calles cercanas.»[1]

La ciudad vivía del rastrillado y el hilado del lino, que «mantenía a millares de personas», y el mismo material que le daba de comer se señaló como vehículo del contagio.

Las calles tapiadas

El barrio de San Andrés en el plano de A. Fernández Fenoy, un siglo después de la epidemia: abajo, la calle de los Ríos (las antiguas Almonas), el…
El barrio de San Andrés en el plano de A. Fernández Fenoy, un siglo después de la epidemia: abajo, la calle de los Ríos (las antiguas Almonas), el Realejo, Villalones y el huerto de San Andrés, todas tapiadas en 1804.

La respuesta fue el confinamiento físico de las calles más castigadas —Almonas, Huerto de San Andrés (hoy Fernán Pérez de Oliva), Carretera (hoy Pedro López) y Palma—:

«…aterrada la Junta y el resto de la población, tapiaron las salidas de aquellas, dejando unos postigos por donde le alargaban los comestibles y medicinas, teniéndolos completamente privados de roce y trato con los demás vecinos.»[1]

En el barrio de San Andrés hubo tabiques «en la esquina de la parroquia», y también en las calles de Villalones, el Realejo, Huevos, Regina, Alcántara y la plazuela de la Almagra.[1] Al recorrer la parroquia de San Pedro, el cronista vuelve sobre la calle de la Palma: «En 1804 fueron sus vecinos tan castigados de la fiebre amarilla, que tapiaron las salidas de esta calle».[2]

Tampoco se libraron los conventos. En el de Regina, de dominicas, «murieron catorce monjas de la fiebre amarilla», y las demás tuvieron que abandonar el edificio y trasladarse al de Scala-Coeli hasta que pasó la epidemia.[2]

Los cementerios en despoblado

La Junta de Sanidad comprendió «lo perjudicial que sería el enterrar los cadáveres en las iglesias» y señaló tres emplazamientos fuera del casco:[1]

  • el huerto de la ermita de San Sebastián;
  • la huerta de San Cayetano;
  • y «un pedazo de terreno en el haza que hay detrás de la huerta de la Reina, cerca del camino que atraviesa hacia la Matriz y sitio conocido por el haza de Alonso Díaz».

Algunos de aquellos cementerios duraron. El del barrio del Espíritu Santo, al otro lado del puente, «construyóse en 1804, con motivo de la invasión de la fiebre amarilla, y desde entonces sigue sirviendo»; antes se enterraba en el alto que rodea la iglesia.[3] Y parte de la huerta del convento de Santa Marina fue cementerio público «primero en 1804 cuando la invasión de la fiebre amarilla, durando hasta 1807», y otra vez de 1820 a 1823, antes de que se volviera a enterrar en las iglesias.[4] Diecinueve años antes, en la epidemia de tercianas, los cadáveres todavía se sepultaban dentro de los templos.

El final

«Siguieron las defunciones hasta el número de mil quinientas, en poco más de dos meses, pues en 26 de noviembre se publicó la salud con una gran función a los Santos Mártires, y después otras a las imágenes de más devoción de los cordobeses.»[1]

«Publicar la salud» era el acto oficial por el que se declaraba extinguida la epidemia.

Véase también

Referencias

  1. ↑ 1,0 1,1 1,2 1,3 1,4 1,5 1,6 1,7 Teodomiro Ramírez de Arellano, Paseos por Córdoba, o sean apuntes para su historia, 1873-1877, paseo del barrio de San Andrés. Edición anotada de la Red Municipal de Bibliotecas de Córdoba, 2017.
  2. ↑ 2,0 2,1 Ramírez de Arellano, Paseos por Córdoba, paseo quinto, «Barrio de San Pedro».
  3. ↑ Ramírez de Arellano, Paseos por Córdoba, paseo duodécimo, «Barrio del Espíritu Santo».
  4. ↑ Ramírez de Arellano, Paseos por Córdoba, paseo tercero, «Barrio de Santa Marina».