Ir al contenido

Epidemia de tercianas de Córdoba de 1785-1786

Historia local y familiar documentada
Los barrios de Santa Marina y San Lorenzo en el plano de Julián García de 1905
Los barrios de Santa Marina y San Lorenzo en el plano de Julián García de 1905. Por sus calles corría el arroyo al que se culpó de la epidemia.

La epidemia de tercianas de Córdoba de 1785-1786 fue un brote de fiebres intermitentes —lo que hoy se llama paludismo— que empezó en 1785 y que entre mayo y noviembre de 1786 causó 1.214 muertos y 11.657 enfermos en la ciudad. Se cebó en los barrios de Santa Marina y San Lorenzo, y se atribuyó al arroyo que cruzaba esas calles a cielo abierto cargado con las inmundicias de los vecinos y las del Matadero. Su consecuencia más duradera fue el desvío de ese arroyo, decidido en 1789.

El brote

La epidemia se manifestó en 1785 y se reprodujo con más fuerza al año siguiente. Teodomiro Ramírez de Arellano, que dice de ella que es «de las que nada se ha escrito», da las cifras:

«…se reprodujo en 1786, tanto, que desde primero de Mayo hasta fin de Noviembre, causó 1214 víctimas, haciendo subir el número de enfermos á 11657, de los que 6643 fueron socorridos unos en los hospitales y otros en sus casas con las limosnas que dieron el Ayuntamiento, el Obispo, el Caudal de espólios y muchos particulares, además de la quina que de real orden trajeron y que se repartía entre muchos lugares de la Península que sufrían igual epidemia.»[1]

El reparto de quina por real orden, «entre muchos lugares de la Península», muestra que el brote cordobés formaba parte de una epidemia más extensa y que hubo una respuesta de la Corona, no solo de la ciudad.

El cierre de la iglesia de Santa Marina

En 1785 hubo que cerrar al culto la parroquia de Santa Marina:

«En 1785 fué preciso cerrar esta iglesia al culto, porque sufriéndose en aquel barrio mas que en otros una grande epidemia de intermitentes, fueron tantos los cadáveres en ella sepultados, que empezaron á exhalar tantos miasmas, que se creyó perjudicarían á la salud pública.»[1]

El dato mide la mortalidad del barrio y muestra que todavía se enterraba dentro de los templos. Los hospitales, en cambio, enterraban a sus muertos en sus propios cementerios, aunque estos estaban «también en poblado», dentro de la ciudad.[1]

Los muertos, barrio por barrio

El cronista da las defunciones de 1786 por collaciones y por hospitales.[1] Las parroquias suman 662 y los tres hospitales 552: en total, las 1.214 víctimas.

Parroquia u hospital Defunciones
Santa Marina 111
San Lorenzo 87
El Sagrario 83
Campo de la Verdad 71
San Pedro 51
San Miguel 43
San Andrés 39
Santiago 38
La Magdalena 35
El Salvador 32
San Nicolás de la Ajerquía 31
Omnium Sanctorum 23
San Nicolás de la Villa 18
Hospital del Cardenal 414
Hospital de la Misericordia 131
Hospital de Jesús Nazareno 7
Total 1.214

Las cifras de las parroquias, por sí solas, no explican la fama del arroyo: Santa Marina y San Lorenzo son las dos más altas, pero no están muy por encima del Sagrario o del Campo de la Verdad. La clave está en los hospitales. Según Ramírez de Arellano, los muertos del Hospital del Cardenal y de la Misericordia «los motivaron en su mayor parte los barrios de Santa Marina y San Lorenzo».[1] Sumados a los de sus parroquias, esos dos barrios fueron, con mucha diferencia, los más castigados.

La causa que se le atribuyó

El cronista recoge la explicación de la época:

«Esta epidemia se juzgó aumentada en aquellos barrios por el arroyo de Santa Marina y San Lorenzo, que pasaba por ellos hasta la rejuela del segundo, y por el que no solo corrían todas las inmundicias que arrojaban los vecinos, sino las del Matadero, que penetraban en la ciudad por un arquillo inmediato á la torre de la Malmuerta…»[1]

La medicina de entonces pensaba en miasmas, los malos aires de la materia corrompida, y por eso se temía tanto a los cadáveres enterrados en las iglesias como al cauce sucio. Hoy se sabe que el paludismo lo transmiten los mosquitos, que crían en el agua estancada; un arroyo urbano con remansos y basura era, por otro camino, un foco plausible.

La torre de la Malmuerta hacia 1850-1880, en una fotografía de Jean Andrieu
La torre de la Malmuerta hacia 1850-1880, en una fotografía de Jean Andrieu. Junto a ella entraba el arroyo del Matadero por un «arquillo» que se cerró en 1789; el arco que se ve es el de la propia torre, no aquel.

La consecuencia: el desvío del arroyo

El miedo a que el año siguiente fuera peor, cuenta Ramírez de Arellano, convenció «á todos de la imperiosa necesidad de rellenar el arroyo». Hubo «algunos entorpecimientos», pero en 1789 se logró el permiso real para pagar las obras con los sobrantes de las rentas de Propios y lo concedido para empedrados. Se formó una junta con el corregidor Pascual Ruiz de Villafranca, el conde de Villaverde la Alta, el penitenciario de la catedral José Antonio Garnica, Antonio de Hoces y Manuel de Codes, que empezó «por cerrar el arco que junto á la torre de la Malmuerta dejaba entrar el arroyo del Matadero». El arroyo se sacó por fuera de la muralla, por delante de las Ollerías y la Fuensantilla hasta el Marrubial, y se cegó el cauce de las calles, por las que desde entonces solo corría el agua de lluvia.[1] La historia del cauce después de aquella obra se cuenta en Arroyo de San Andrés (Córdoba).

Contexto peninsular

La oleada de tercianas de los años ochenta del siglo XVIII afectó a buena parte de España. Cordobapedia recoge, por ejemplo, que en el corregimiento de Barbastro se atribuyeron a esta enfermedad 139 de las 168 defunciones registradas entre julio y diciembre de 1785, y que la epidemia se relacionó con sequías e inundaciones que arruinaron la agricultura.[2] Para las cifras de Córdoba, ese mismo artículo copia a Ramírez de Arellano, así que no es una fuente independiente.

Véase también

Referencias

  1. ↑ 1,0 1,1 1,2 1,3 1,4 1,5 1,6 Teodomiro Ramírez de Arellano, Paseos por Córdoba, o sean apuntes para su historia, 1873-1877, paseo del barrio de Santa Marina. Edición anotada de la Red Municipal de Bibliotecas de Córdoba, 2017.
  2. ↑ «Epidemia de 1785-1786», Cordobapedia.