Campo de la Verdad (Córdoba)

El Campo de la Verdad es el barrio de Córdoba que está al otro lado del Guadalquivir, a la salida del puente romano. Su nombre oficial era barrio del Espíritu Santo —o de la Visitación—, por el título de su parroquia, «y, sin embargo, todos le decimos Campo de la Verdad», escribía Teodomiro Ramírez de Arellano entre 1873 y 1877, para quien parecía «un pueblo diferente en su forma y hasta en muchas de sus costumbres»: casi todos sus vecinos trabajaban en el campo, había pocos industriales, y no tenía ni médico ni botica.[1]
«Al campo vamos y allí se verá la verdad»
El nombre viene de una batalla. En 1368 Pedro I y el rey de Granada pusieron cerco a Córdoba, que había tomado partido por Enrique de Trastámara; las tropas granadinas ganaron el castillo de la Calahorra y abrieron brechas en la muralla del Alcázar Viejo. Corrió la voz de que el adelantado de la Frontera, Alonso Fernández de Córdoba, pensaba entregar la ciudad, y según la tradición su madre, Aldonza López de Haro, le salió al paso para decirle que en el linaje de los Haro no había habido traidores. Él le besó la mano y le respondió:
- «Señora, al campo vamos y allí se verá la verdad.»[1]
Los cordobeses echaron a los sitiadores de las murallas, recuperaron la Calahorra y, ya en el puente, Alonso Fernández mandó volar dos arcos para que nadie pudiera volverse; vencieron en el campo de la otra orilla, «y desde entonces el Campo de la Verdad lleva este título». El cronista cuenta también que el cortijo de Amargacena debe su nombre a lo que dijo el rey granadino al recibir la noticia mientras cenaba: «¡Amarga cena me han dado!». Por los muertos de aquel día doblaron las campanas de la Catedral, y el obispo prometió que la llamada de la Cepa doblaría por todos los descendientes de quienes dirigieron la defensa; el Cabildo lo confirmó en noviembre de 1368 y lo amplió a la línea femenina el 29 de diciembre de 1504. En tiempos del cronista, el «doble de Cepa» todavía se pedía jurando ante el deán que el difunto descendía de aquellos hombres.[1]
La parroquia
Repoblado el barrio tras la conquista, sus vecinos levantaron una ermita a la Visitación y al Espíritu Santo, y los curas del Sagrario de la Catedral tenían que cruzar el puente para darles los sacramentos. Con ese argumento el obispo Cristóbal de Rojas y Sandoval la erigió en parroquia por decreto de 21 de julio de 1570. Sus libros de bautismos y matrimonios empiezan ese mismo año y los de difuntos en 1680. La iglesia se reedificó en 1753.[1]
Dos fechas de su historia quedaron escritas en la propia iglesia o en sus papeles:
- El 22 de mayo de 1575, en la Pascua del Espíritu Santo, oyó misa en ella Santa Teresa de Jesús, camino de Sevilla con sus monjas, y un cuadro de la nave del evangelio lo recordaba.[1]
- El 20 de febrero de 1695 oyeron misa allí, antes de seguir camino, «setenta hombres cojidos en una leva y á los cuales llevaban á Gibraltar».[1]
El cementerio del barrio, junto a la iglesia, se hizo en 1804, con la fiebre amarilla; antes se enterraba en el alto que rodea el templo. En tiempos del cronista sus vecinos no pagaban derechos de enterramiento.[1]
El barrio en las epidemias
En las epidemias el barrio estaba entre los más castigados: el río casi lo rodea, no tenía médicos ni boticas, y cuando la ciudad cerraba sus puertas a los forasteros dejaba la del Puente reducida a un callejón entre tapias, de modo que muchos se quedaban fuera, en el Campo de la Verdad. En la epidemia de 1650 los vecinos, sin conventos ni grandes caudales, entraron en procesión en la ciudad para llevar socorro al hospital de San Lázaro; después lo hicieron los niños del barrio, con la Virgen del Rosario y parte de la capilla de música de la Catedral, cargados de un cahíz de trigo, veinticuatro espuertas de pan, cinco carneros, veinticinco gallinas, un jamón, naranjas, limones, garbanzos, bizcochos, veintisiete canastillas de huevos y treinta y tres salvillas de hilas.[1]
En 1781, cuando se declaró en la cárcel de la Corredera una epidemia de tabardillos, los enfermos se llevaron a la Calahorra y a una casa del Campo de la Verdad, con un gasto de 13.780 reales y 30 maravedís.[1]
La Calahorra y el puente
La torre de la Calahorra, a la entrada del barrio, fue reparada y ampliada en 1369 por orden de Enrique II, y sirvió muchas veces de prisión: allí estuvieron moriscos del reino de Granada; treinta y cinco soldados piamonteses prisioneros traídos de Sicilia en 1718, que el 23 de noviembre se incorporaron a las Guardias Valonas; los prisioneros ingleses de 1779 y 1780 —las revistas del comisario contaban 248—; prisioneros militares de 1808 a 1810, y en 1823 liberales perseguidos por los realistas. En tiempos del cronista una parte del edificio era la escuela de niñas del barrio y el resto estaba abandonado.[1]
A mitad del puente se colocó el 29 de septiembre de 1651, tras la epidemia, la imagen de San Rafael de Bernabé Gómez del Río. Detrás de la Calahorra, el corregidor Francisco Zapata estableció en 1568 el Rastro, mercado de bestias y efectos, que en el siglo XIX ya no existía. A poco de pasar el puente estaba la ermita del Santo Cristo de la Misericordia o de las Ánimas, fundada en 1760 por el clérigo Salvador Salido y Millán y rehecha de cal y ladrillo por sus albaceas tras su muerte en 1816; las tardes de víspera de Difuntos acudía a ella toda Córdoba, en coche. A finales del siglo XVIII una torada que cruzaba el puente se encontró con aquel gentío y se desbandó, en el momento en que llegaba en silla de posta el conde de Floridablanca, que fue derecho al Ayuntamiento a reprender al corregidor.[1]
El agua del barrio
El Campo de la Verdad no tenía fuentes. El cronista recoge que el corregidor Zapata hizo una en el Rastro, que desapareció sin que se sepa cuándo, y que después «los vecinos del Campo de la Verdad venían con sus cántaros por agua al patio de los Naranjos», cruzando el puente. En 1854 el alcalde interino Antonio García del Cid hizo una fuente entre la puerta del Puente y el Peso de la harina, con una paja de agua que cedió la Beneficencia; aun así había que pasar el puente y esperar largas horas para llenar los cántaros. Por fin, siendo alcalde Juan Rodríguez Sánchez, se llevó el agua en tubería de plomo por el puente y se hizo una fuente nueva a un lado del arrecife, con dos caños y dos pilones —«mas, como el barrio tiene bastante vecindario, no es lo suficiente».[1]
Dentro del barrio el cronista solo encontró dos cosas dignas de nota. Una era un pozo de boca muy ancha en el centro de una manzana, del que sacaban agua con carrillos «ocho ó diez casas de la calle del Lustre y demás que forman una manzana»; la otra, una lápida sepulcral árabe hallada en una casa de la Rinconada, la de «Altira, liberta que fué de Alhaquem», muerta en el año 242 de la hégira.[1]
Las calles

Ramírez de Arellano explica los nombres de sus calles, «todas muy cortas»: Lustre, «deribado de Yuste, apellido de un vecino antiguo»; Santo Cristo, por la ermita de las Ánimas, y Espaldas del Santo Cristo, por estar detrás; Horno, por uno de ladrillos; Jesús, por una imagen que hubo en ella; Acera pintada, por los colores de las fachadas; San Julián, por la ermita que se llevó el río; y Martín López, por un «popular escritor del siglo XVII que, á pesar de ser un labrador de escasos recursos, dedicaba sus ratos de ocio á escribir», al que se atribuyen los Casos raros de Córdoba.[1] En el índice del plano de Córdoba 1:6.000 revisado por el Ayuntamiento, entre 1900 y 1920, el Campo de la Verdad y la iglesia del Espíritu Santo caen en el cuadro 5 H.[2]
El río
El barrio vivía del río y lo temía. En 1544 el agua entró en varias bodegas del Campo de la Verdad; en 1554 rompió el murallón de San Julián y dejó el barrio aislado, y los vecinos subieron los muebles en carretas al alto de la parroquia; en el invierno de 1683-1684 quedó dos veces aislado, y la ciudad le puso corregidor propio, Fernando Villarroel, que oía misa en la parroquia con asiento de preferencia.[1] En las avenidas, algunos vecinos se ponían en la orilla con un gancho atado a una cuerda para recoger la leña que bajaba.[1]
La avenida de diciembre de 1876 empezó allí: el miércoles 6, en la hora que el gobernador pasó en el barrio, «subió tanto el rio que casi todo el barrio estaba inundado», y se abrió la iglesia del Espíritu Santo para albergar a los que se quedaron sin casa. Un mes después el Diario de Córdoba escribía que «no es necesaria una inundación nueva para que la vida en aquel barrio sea molesta y propensa á enfermedades».[3] La historia entera está en Riada de Córdoba de 1876-1877.
Véase también
- Riada de Córdoba de 1876-1877
- Fiebre amarilla de Córdoba de 1804
- Puente romano de Córdoba
- Torre de la Calahorra
Referencias
- ↑ 1,00 1,01 1,02 1,03 1,04 1,05 1,06 1,07 1,08 1,09 1,10 1,11 1,12 1,13 1,14 1,15 Teodomiro Ramírez de Arellano, Paseos por Córdoba, o sean apuntes para su historia, 1873-1877, paseo duodécimo, barrio del Espíritu Santo. Edición anotada de la Red Municipal de Bibliotecas de Córdoba, 2017.
- ↑ A. Fernández Fenoy, Plano de Córdoba / revisado por el Ayuntamiento, escala 1:6.000, Barcelona, Alberto Martín, [entre 1900 y 1920], hoja y nomenclátor de vías y edificios públicos. Biblioteca Virtual del Patrimonio Bibliográfico, registro 463039.
- ↑ Diario de Córdoba, 7 de diciembre de 1876 y 9 de enero de 1877. Biblioteca Virtual de Prensa Histórica.