Cabra

Cabra, entonces villa y hoy ciudad, está en el sur de la provincia de Córdoba, al pie de la sierra, en un valle «casi cerrado por las montañas que le circundan». Hacia 1846 tenía 2.394 vecinos y 9.576 almas, 1.346 casas y 57 calles «anchas y rectas con muy pocas escepciones».[1] Lo que de ella se cuenta aquí son unas cuantas fechas: el cólera de 1834, un susto carlista en 1836 y una tarde de toros de 1933.
El cólera de 1834 y el cementerio de la Villa Vieja
Hasta el último tercio del siglo XVIII, los muertos de Cabra se enterraban en un gran salón entre la puerta y el convento de Capuchinos, cuyo suelo de losas cubría «otras tantas bóvedas profundas», y quien quería más pompa se hacía enterrar en capillas y bóvedas de familia. Tras la real resolución de 1771 aquel panteón sirvió para todos, «hasta que sobrevino el contajio del cólera morbo, que invadió á Cabra en 1834», y las sepulturas que quedaban vacías no bastaron. A principios del año siguiente se empezaron a abrir zanjas sobre los cimientos de la antigua fortaleza, en la colina de la Villa Vieja, y se siguió sin interrupción hasta acabar un cementerio descubierto, fuera de muros y en sitio ventilado.[1]
El mismo año de 1834 se volvió a reunir, por orden del Gobierno, la Sociedad Económica de Amigos del País que había fundado Carlos III, y que a principios de siglo había costeado telares de lienzos y bayetas, abierto exposiciones industriales y repartido premios. No arrancó: habían muerto los socios que la sostuvieron antes de la guerra de la Independencia, dejó de celebrar juntas y, según Madoz, se extinguió de hecho, «quizás para no volverse á levantar en mucho tiempo».[1]
De qué se vivía hacia 1846
En el nacimiento del río había «un soberbio martinete para batir cobre», y el cobre batido de Cabra se vendía en los alrededores y se llevaba a Cádiz, los Puertos y Sevilla. Había una fábrica de paños bastos y capotes «montada y dirigida por un maquinista belga», que daba trabajo a muchos brazos pero no tenía todo el capital que necesitaba; quince «ant. telares de sangre» de mantelería y lienzos «que mas bien decaen que prosperan»; setenta molinos de aceite, entre ellos el del conde de Altamira, frente al palacio, con tres piedras movidas por agua y una prensa hidráulica «de grande potencia» que molía más de 400 fanegas al día; diez carpinterías, dos grandes calderías y ocho cerrajerías «con una armería superior».[1] En los testamentos y tutelas de la villa los dos oficios aparecen juntos, en fórmulas como «Maestro de Cerrajería y Armero».[2]
De la sierra salían jaspes encarnados y mármoles que se mandaban a Sevilla, Jaén y Málaga; de los alambiques, aguardiente para Écija, Bujalance y la provincia de Jaén; de los talleres, sillas, puertas, arados y piezas de carreta; y piedras de molino para La Carlota. Faltaban brazos para el campo, porque eran muchos los vecinos dedicados a oficios, y venían a cubrirlos «gentes de la Alpujarra, surianos y manchegos», y trabajadores de Doña Mencía, Zuheros, Castro y Carcabuey.[1]
La feria acababa de trasladarse de octubre a septiembre, a los días 15, 16 y 17, y Madoz la consideraba «verdaderamente como nueva». El grano entraba a diario en una alhóndiga instalada en el que fue convento de San Juan de Dios, donde los arrieros tenían posada.[1]
El susto de 1836
Cuando la expedición carlista del general Gómez llegó a la villa, en 1836, Cabrera, que iba en vanguardia con algunos caballos y ayudantes, se encontró con «cierto número de caballos de la reina» que vagaban por el pueblo y cargó contra ellos. Gómez hizo avanzar un escuadrón y los carlistas atravesaron la población a paso redoblado para hacerse fuertes en una altura, camino de Montilla, donde en septiembre se reunieron Cabrera y Gómez. «Disipóse la alarma de los carlistas al saber que toda aquella fuerza eran unos 100 caballos de los carabineros de Sevilla, que los estaban observando. Algunos de estos pagaron con la vida su poca vigilancia».[3]
La tarde del 16 de julio de 1933
Casi un siglo después, un cartel impreso en la propia villa por la tipografía de M. Cordón anunciaba para el domingo 16 de julio de 1933, festividad de Nuestra Señora del Carmen, una «Extraordinaria Corrida» de cuatro novillos de don Florentino Sotomayor «por la señorita torera Juanita Cruz», que «después de sus clamorosos triunfos en las principales plazas españolas y extranjeras, vuelve por tercera vez a actuar en esta plaza», y José García «Palmeño II», «que restablecido de la cogida sufrida en Cartagena» venía «dispuesto a confirmar sus recientes y conocidos triunfos en Madrid».[4]
Puertas a las cuatro, corrida a las cinco y media, la banda municipal en la plaza y el ganado «de manifiesto en los corrales» la víspera. Un palco con seis entradas costaba 35 pesetas; una barrera, 7; la general de sombra, 4; la de sol, 2; los niños de menos de diez años pagaban media. La empresa advertía que, «a pesar de lo costosa que es la corrida», ponía esos precios «en beneficio del público». Y por la noche, «Gran Certamen de Cante y Baile flamenco» con Carmen Vargas, Pena Hijo, Angelillo y Niño Marchena. En el margen, en vertical, otro anuncio: «Beba Ud. Fino Paquito y Moriles».[4]
Véase también
Referencias
- ↑ 1,0 1,1 1,2 1,3 1,4 1,5 Pascual Madoz, Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar, tomo V, Madrid, 1846, voz «Cabra». Texto digitalizado en Internet Archive (diccionariogeogr05mado).
- ↑ Testamentarías, tutelas y expedientes de limpieza de sangre de Cabra, 1569-1920, Archivo Histórico Provincial de Córdoba.
- ↑ Madoz, tomo V, voz «Cabra», apartado de historia. El texto digitalizado lee «(1830)»; la expedición de Gómez por Andalucía es de 1836.
- ↑ 4,0 4,1 «Plaza de Toros de Cabra… Extraordinaria Corrida el domingo 16 de julio de 1933», cartel, Cabra, Tip. M. Cordón. Biblioteca Virtual de Madrid, registro 23897.